La retirada del ejército rojo de Rumanía, en 1958

Gheorghiu-Dej                           Gheorghe Gheorghiu-Dej                Nicolai Sergeievich Jruschov

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Rumanía se convirtió en un estado satélite de la Unión Soviética. El Primer Secretario del Partido Comunista Rumano, el carismático Gheorghe Gheorghiu-Dej, era un fiel aliado de Stalin y de Jruschov y hasta 1956 no existieron diferencias remarcables entre ambos estados. El ejército soviético, que había ocupado Rumanía tras el golpe de estado que acabó con el régimen filonazi del general Antonescu el 23 de agosto de 1944, seguía ocupando territorio rumano y asegurando así la docilidad de Bucarest frente a Moscú.

Los sucesos de 1956 en Hungría abrieron los ojos de Dej, que comprendió la importancia de afirmar la soberanía rumana y su independencia frente a los intereses soviéticos. Para ello era necesario avanzar prograsivamente hacia la desovietización del país. Y la clave de este proceso era conseguir que Jruschov aceptara retirar el ejército rojo de Rumanía. Pero, ¿cómo escapar del abrazo del oso ruso?.

Así nos lo cuenta Silviu Brucan en su excelente volumen de memorias Generatia irosita. Memorii [La generación perdida. Memorias] (Ed. Universul & Calistrat Hogas. Bucarest, 1992).

Todo sucedió en el norte de Transilvania, durante una cacería de osos organizada especialmente para Jruschov por el propio Dej. Éste había dado órdenes al Director de Caza de que “ayudase” a Jruschov a abatir a dos osos grandes, así que el ruso era el hombre más feliz del mundo. Desde luego, ambos se estaban calentando con vodka ruso y Galbena de Odobesti.

- Querido Nikita Sergeievich, – comenzó Dej – me has confiado muchas tareas de gran responsabilidad y siempre he cumplido lo mejor que he podido.

- Sí, has cumplido muy bien – interrumpió Jruschov.

- Entonces, si las cosas son así, me pregunto: ¿por qué no tienes confianza en nuestro partido?

- ¿Cómo qué? Desde luego que tengo toda la confianza, que lo sepas, de lo contrario no contaría contigo.

- En ese caso, ¿por qué necesitas tener aquí, en Rumanía, decenas de miles de soldados soviéticos? Sabes, querido Nikita, cómo son los soldados. Los domingos se van a la ciudad, echan un trago y beben más de la cuenta, se emborrachan y arman escándalo. A veces ponen la mano sobre una mujer, o incluso sobre una chiquilla, y se propasan. Y los rumanos se enfadas y… ¿a quién injurian? No a Varia, o a Rodión, no, sino al Ejército Rojo, a la Unión Soviética. Y además, como sufrimos penurias con el pan y la carne, nuestros enemigos extienden la versión de que los soldados soviéticos son los culpables, que ellos se lo comen todo. Y en lugar de crecer entre nosotros el amor a la Unión Soviética libertadora, se crea una atmósfera hostil hacia vosotros, se extiende el antisovientismo. A nosotros todo esto nos hace el trabajo difícil, y a vosotros os daña. ¿Para qué necesitas todo este asunto, en qué te favorece mantener aquí, entre nosotros, tantos soldados soviéticos?  

- Me has hecho pensar, querido Gheorghiu Afanasievich, que sepas que me has dado una idea. Justamente estaba pensando yo cómo arreglar las cosas tras el desafortunado asunto de Hungría, que no me ha venido nada bien ahora, cuando quería precisamente mejorar las relaciones con Occidente. Sí, precisamente ahora que necesitaba una imagen distinta allá… Que sepas que tengo que discutir la cuestión con los camaradas… me has dado una idea. ¡Sí, me has dado una idea! 

No mucho después, Jruschov llamó por teléfono a Dej, anunciándole que había dado orden de retirada a las tropas soviéticas de Rumanía. Cuando me relataba la conversación, Dej añadió: “¿Sabes qué mas dijo? Que esta decisión debe tener una compensación, y que me piense bien qué puedo ofrecer yo a cambio… ¡Al diablo el negociante ruso ese!”.

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